Luego de un tiempillo, no mucho realmente. He
regresado, y les traigo un nuevo poema.
Para su entendimiento, el poema trata sobre la anécdota
de un joven enamorado, y de lo que tuvo que pasar en una de sus por así decirlo
“aventuras”. Pero bueno, ¿para qué dar tantos detalles si pueden verlo por
ustedes mismos?
Nos hablamos.
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Ciudad
del último respiro. Las ruinas llenas de escenas de alegría.
Tomados de la mano llegamos a un lugar que no conocíamos,
y que al parecer poco queríamos conocer. Esa ciudad deshecha, destruida
seguramente por los males de las personas. Unas ruinas de luz oscura, pero de radiante
brillo del Sol atardecer. Fuimos guiados por nuestros propios instintos, y ahí
guardamos hospedaje, en un lugar en medio de la nada, habitado solo por
nosotros dos.
Dejamos que Luna y las hermanas Estrellas fuesen
nuestra lámpara nocturna, y que nuestros cuerpos abrazados ese calor que necesitábamos
para soportar tan helado frío; nuestros labios solo se volvían húmedos con el
rozar de la lengua del contrario antes y después de un beso apasionado. Y esas
manos tan destruidas que teníamos de tanto esfuerzo, solo seguían suaves por la
dulce caricia que se hacían al tocarse con la del otro.
Éramos impulso, vida y esfuerzo. El vivir si acaso un
minuto más para ver nuestras sonrisas no borradas aún, era eso lo único que no
nos dejaba caer en la depresión, en la locura ajena, en la tortura de mentes. Y
el simple hecho de estar un segundo más juntos la recompensa más grande de cada
día.
Solo nos teníamos el uno para el otro, sin agua,
alimento, con un lugar dónde vivir que pronto caería bajo la presión de la
gravedad, del rendimiento. Más eso no nos importaba, ya que al menos juntos
moriríamos, o nos escaparíamos de la muerte de la misma forma. Las esquinas de
ese lugar silencioso, callado por la presencia de una catástrofe, se inundaron
de miles de escenas en dónde el entrelace de nuestros dedos, el fusionar de
nuestros labios, y las palabras más magnificas que podíamos decirnos eran el
principal espectáculo.
El tiempo nunca se detuvo por nosotros, más nosotros hacíamos
que el tiempo se detuviese para disfrutar ese poco fragmento de último suspiro
que nos quedaba. Aunque el padecer estaba cerca, al menos teníamos una última
esperanza; cumplíamos el deseo de juntos por fin estar, sin nadie que nos molestase,
con los obstáculos más difíciles y voraces borrados. Siendo felices.
Por fin, luego de tanto caímos sin nada de fuerza,
mirándonos frente a frente, soltando lágrimas que no podíamos secar. Con nuestras
prendas de vestir rotas, rasguñadas, nuestros cuerpos sucios de polvo.
Silencio, augurio de partida a un mundo que no
conocemos. El sonar de nuestro corazón era lo único que lo rompía, y que nos
hacía permanecer encadenados a ésta cruda realidad. Un último intento, una
última oportunidad, y pudimos acercarnos lo suficiente como para tocar ese
pecho que casi ya no tenía vida, ni ánimos de seguir adelante. Sentimos nuestro
cálido aliento, y ese beso que rompió el pacto que nos concedía vida, y todo
acabó.
No me arrepiento de haberla conocido, ni mucho menos de
haberme escapado a un paisaje que nadie conocía aún. Al menos morimos juntos, y
con seguramente una silueta bien dibujada en nuestros rostros de alegría. Con
ya las lágrimas brotadas y caídas al suelo, de dicha felicidad. Y con nuestra ascensión
a ese lugar prohibido para los mortales, con las palabras de amor, que tantas
veces nos repetíamos antes de dormir, apenas al despertar, al andar por las
calles desintegradas, e incluso antes de ya no poder respirar.
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