martes, 15 de noviembre de 2011

Ciudad del último respiro. Las ruinas llenas de escenas de alegría.


Luego de un tiempillo, no mucho realmente. He regresado, y les traigo un nuevo poema.

Para su entendimiento, el poema trata sobre la anécdota de un joven enamorado, y de lo que tuvo que pasar en una de sus por así decirlo “aventuras”. Pero bueno, ¿para qué dar tantos detalles si pueden verlo por ustedes mismos?

Nos hablamos.
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Ciudad del último respiro. Las ruinas llenas de escenas de alegría.

Tomados de la mano llegamos a un lugar que no conocíamos, y que al parecer poco queríamos conocer. Esa ciudad deshecha, destruida seguramente por los males de las personas. Unas ruinas de luz oscura, pero de radiante brillo del Sol atardecer. Fuimos guiados por nuestros propios instintos, y ahí guardamos hospedaje, en un lugar en medio de la nada, habitado solo por nosotros dos.

Dejamos que Luna y las hermanas Estrellas fuesen nuestra lámpara nocturna, y que nuestros cuerpos abrazados ese calor que necesitábamos para soportar tan helado frío; nuestros labios solo se volvían húmedos con el rozar de la lengua del contrario antes y después de un beso apasionado. Y esas manos tan destruidas que teníamos de tanto esfuerzo, solo seguían suaves por la dulce caricia que se hacían al tocarse con la del otro.

Éramos impulso, vida y esfuerzo. El vivir si acaso un minuto más para ver nuestras sonrisas no borradas aún, era eso lo único que no nos dejaba caer en la depresión, en la locura ajena, en la tortura de mentes. Y el simple hecho de estar un segundo más juntos la recompensa más grande de cada día.

Solo nos teníamos el uno para el otro, sin agua, alimento, con un lugar dónde vivir que pronto caería bajo la presión de la gravedad, del rendimiento. Más eso no nos importaba, ya que al menos juntos moriríamos, o nos escaparíamos de la muerte de la misma forma. Las esquinas de ese lugar silencioso, callado por la presencia de una catástrofe, se inundaron de miles de escenas en dónde el entrelace de nuestros dedos, el fusionar de nuestros labios, y las palabras más magnificas que podíamos decirnos eran el principal espectáculo.

El tiempo nunca se detuvo por nosotros, más nosotros hacíamos que el tiempo se detuviese para disfrutar ese poco fragmento de último suspiro que nos quedaba. Aunque el padecer estaba cerca, al menos teníamos una última esperanza; cumplíamos el deseo de juntos por fin estar, sin nadie que nos molestase, con los obstáculos más difíciles y voraces borrados. Siendo felices.

Por fin, luego de tanto caímos sin nada de fuerza, mirándonos frente a frente, soltando lágrimas que no podíamos secar. Con nuestras prendas de vestir rotas, rasguñadas, nuestros cuerpos sucios de polvo.

Silencio, augurio de partida a un mundo que no conocemos. El sonar de nuestro corazón era lo único que lo rompía, y que nos hacía permanecer encadenados a ésta cruda realidad. Un último intento, una última oportunidad, y pudimos acercarnos lo suficiente como para tocar ese pecho que casi ya no tenía vida, ni ánimos de seguir adelante. Sentimos nuestro cálido aliento, y ese beso que rompió el pacto que nos concedía vida, y todo acabó.

No me arrepiento de haberla conocido, ni mucho menos de haberme escapado a un paisaje que nadie conocía aún. Al menos morimos juntos, y con seguramente una silueta bien dibujada en nuestros rostros de alegría. Con ya las lágrimas brotadas y caídas al suelo, de dicha felicidad. Y con nuestra ascensión a ese lugar prohibido para los mortales, con las palabras de amor, que tantas veces nos repetíamos antes de dormir, apenas al despertar, al andar por las calles desintegradas, e incluso antes de ya no poder respirar.




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