Buenas a todos y todas, sin mucho más que decir de
nuevo, les dejo éste poema. Un poema que me ha servido para desahogarme un poco,
para poder expresar mi ya mucha rabia por las personas que hacen sufrir a los
demás por placer y ya, que destruyen vidas que luego algunos quieren
reconstruir sin no siempre tener éxito. Y claro ésta, por aquellos que no saben
apreciar en lo más mínimo a una persona maravillosa que tengan a su lado, y que
muchos desearían tener al menos cinco minutos cerca.
Odio.
Los cualquiera.
Mentiras, tormento, una decaída tras otra, y un golpe
fatal que siempre nos acecha. El simple hecho de que todos viviesen una vida
cualquiera, una porquería, sumergidos en el lodo más asqueroso, era eso lo que
nos impulsaba a desaparecer, a alejarnos de este mundo, y llegar hasta el fin
del espacio y gritar lo cuanto que odiábamos todo.
Míseros cualquiera, gente que se aprovecha de los
demás, que dañan a los más buenos, y les encanta verles llorar. Ustedes, ellos,
estúpidos que van por la calle como si nada, cubiertos de huesos, con alambres
de púas incrustados en su espalda. Huesos de cuerpos ya muertos por su culpa,
alambres de las cuantas veces les han maldecido, esas cadenas de sangre que tanto
les quieren herir sin triunfo alguno.
Pues vamos, ¿para qué herirles? Si solo son unos
monstruos desquiciados, absortos de locura, pero llenos de excremento. Sus
sonrisas tan insultantes, esas expresiones en sus rostros que son no más que un
gesto de pena.
Son un pecado andante, uno que se quema con fuego de
furia, que vuelve su piel oscura y roja, la cual al caerse, distorsiona sus
rostros de sinvergüenzas sin madre o padre; que les hayan educado como debían.
Escupo a un lado del simple asco que me provocan,
aunque ni mi saliva debería ser desperdiciada por ellos. Seres sin
inteligencia, sin corazón, sin remordimiento. La tierra será algún día su cárcel,
les tragará vivos, sofocara su aire hasta que no puedan más, y luego las
plantas llorarán la sangre tan pútrida que recorría sus cuerpos.
Inclusive la más noble pareja, el linaje más puro y
santo, esa esperanza casi única de ésta pesadilla no pueden librarse. Destruir,
atacar, hundir, destrozar… Solo eso es lo que les provoca ver que algo sea tan casi
perfecto, engendros de la manzana venenosa que nadie quiso morder, y que murió
por su propio elixir maldito. Son iguales uno a los otros, solo un rebaño que
sigue a los demás hasta su muerte.
Sean estorbos, hagan una y otra vez la tortura que les
provocan a todos. Ya luego los llenos de locura temporal se levantarán, la
pareja casi padecida traerá luz, y las miradas casi asesina de éstos, será más
que suficiente para hacer retorcer a aquellos cualquiera en su propios
desechos.
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