Lujuria. Acto de una noche, copa placentera.
Unas simples copas en un bar, una noche lluviosa rodeada por una atmosfera caliente que hacía que incluso el maquillaje de tu rostro perdiese por poco esa línea bien pintada. Ah, damisela, te vi allí sentada, tomando un elixir que tan solo provoca en el cuerpo un poco de excitación y locura si se excede. No pasé de ti, más bien fui en contra de mis propios instintos y me acerqué a saludarte, te invité unos tragos que formalmente aceptaste. No obstante, acto seguido hablamos intercambiando miradas, sin una sola palabra que rompiese aquel momento tan callado, y simplemente llevándonos uno al otro más profundos en nuestros pensamientos.
Salimos de aquel reciento sin siquiera conocernos, más eso no detuvo nuestro pecado carnal en la cama, no era de recordar en casa de quién fue dicho suceso, no es algo que importe, ni mucho menos algo de relevancia. Te tiraste en la cama así como si te hubieses desmayado, con tu mirada clavada a mí, pidiendo complacer tus más pervertidos deseos. Oh, mi querida, no soy quién para negar lo que más anhelas. Me he dejado llevar por el exceso de copas, caí sobre ti de una manera tan bastarda, pero aún así delicadamente; solo para comenzar a desprenderte de esa ropa tan elegante que llevabas.
Poco a poco veía tu piel desnuda ante mis ojos, escuchaba como las gotas de esa lluvia cálida se moría por entrar a ver qué hacíamos en aquel lugar tan sagrado. Pasado cada minuto, cada simple segundo parecían horas en las cuales nuestros cuerpos se estremecían, siendo recorridos por un escalofrío dulcemente agradable.
Desconocida señorita, tú y tus ganas de ser complacida empezaban a desprender de mí cada pieza que cubría mi cuerpo, yo haciendo lo mismo, ambos quedábamos desnudos frente a la presencia del otro. Pero antes de eso, mordidas múltiples se clavaron en nuestros cuellos, y un fuerte abrazo que impulsó a que nuestros pechos se sintieran mutuamente.
Ya ahí, cuando la lluvia quedó fuera de nuestros oídos, osé a entrar en tu cuerpo, un gemido tuyo rompió aquel silencio, y simplemente nos impulsó a seguir actuando. Poco a poco, sin detenernos, tus uñas dañaban mi espalda sin protección, aunque no era algo que debiese mencionar en aquel entonces. Vi como una lágrima recorría tu mejilla, otra historia de una chica que traiciona a su novio con alguien que ve solo una vez en una noche placentera. No, mi error, no es una lágrima, es solo una gota de sudor como todas aquellas que recorren tu cuerpo y el mío.
No nos detuvimos hasta ya luego de que todo mi ser entrase en ti, hasta que tus ansias de sexo fuesen secadas, y las mías fueran alimentadas por primera vez. Hemos terminado rendidos, pero no por mucho, un beso desgraciado se nos otorgó en aquel entonces, solo el encendedor de la mecha que encendía aquella lujuria de nuevo.
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