Voz
en un oscuro vientre. Caricias de lástima.
¿Puedes oírme? Ven y
dímelo a la cara, cobarde. Tú quién fuiste causa de mi primer odio, quién llenó
de rencor mi corazón de recién nacido; debías irte, debías más bien traicionar
a tu mujer, ¿por qué? Necesidades de la bebida, necesidades del necio,
necesidades de un estúpido a mi parecer, siempre te he recordado con tanto
desprecio sin saber cómo eras, sin siquiera saber realmente por qué sentía todo
esto si no era de mi incumbencia. Cosas de adultos me decían, tratos especiales
para mí, el abandonado, el rechazado desde su nacimiento, el visto con malos
ojos por ser lo único que quedó de ése pasado.
Me lo recordaban a cada
segundo; “te pareces mucho a él”, sin siquiera importarme, degradándome pues
sabían lo mucho que sentía por ti, toda la oscuridad que se escondía en mi
pecho por culpa de todos. ¡Vamos, sé hombre! Afronta lo que hiciste y ven a
golpearme, ven y te golpearé a ti, cosas que decía, algo que no pude cumplir la
primera vez que te vi. Por ser débil, tal vez por no verme capaz, tal vez
porque no lo merecías, por titubear. Una madre que servía de padre, menuda
mentira para mí, aunque de pequeño servía de mucho, finalmente no necesitaba un
padre, sólo un saco de golpear con el cual liberar mi ira. Serás tú, tú
desgraciado, tú maldito, tú hombre cuyo nombre me da asco mencionar.